viernes, 17 de febrero de 2012

Frankenstein y Peter Pan

Pasar de Frankenstein a Peter Pan.
Pasar de ser la persona que no pidió venir a este mundo, el hijo sobre el que se ponen todas las espectativas que no se cumplen; a no querer llegar jamás a ser adulto.
Frankenstein nace por la vanidad humana de querer tener el poder que se le otorga a un dios. Por la necesidad de superar nuestra propia vida o nuestra propia muerte (¿acaso no es lo mismo?), dejar nuestra marca más allá de nuestra propia existencia. Pero el creador se horroriza de su obra, o quizá la obra no satisface los deseos del creador. ¿Pidió el monstruo ser creado? ¿Por qué se le responsabiliza a él de su propia existencia?
Peter Pan hace buena la frase de Rilke: la infancia es la patria de cada uno. Todo aquello que vivimos en la infancia es lo que nos marca y lo que determina nuestra personalidad. En la infancia adquirimos los traumas y modelamos la persona en que nos convertimos. Y a menudo miramos atrás para ver lo que fuimos, lo que pensábamos ser, y lo que somos. Y entonces queremos ser Peter Pan, tener la capacidad de recuperar el pasado, revivirlo. Porque cuando miramos lo que somos ahora, vemos al Frankenstein en que nos hemos convertido, en el que nosotros mismos nos hemos transformados, y del que a veces abominamos.
Y ése es nuestro Dorian Gray.

2 comentarios:

Horacio Gris dijo...

Muy bueno.

Saludos!

Antoine Lamarck dijo...

Si señor, has dado en el clavo. Me gusta y mucho.

Ciao.